La llegada (película)

22 noviembre 2016

la_llegadaLa llegada, de Denis Villeneuve (2016) con Amy Adams, Jeremy Renner y Forest Whitaker.

(Ojo, que igual te la destripo. De nada.).

Mucho se está hablando sobre esta película en las redes. La mayoría de las críticas la califican como de poética, filosófica, bella y un montón de adjetivos más (todos positivos). Hay otras reseñas, por contra, como la de Rex Reed en Observer, en la que definen a la cinta como lenta, extraña y tediosa. Pues bien, a “la llegada” al cine mis expectativas eran altas porque estaba en el primer grupo y tenía reciente esos dos peliculones que son Interstellar y Marte (El marciano) pero a la salida, después de visionarla, me posicioné claramente con la pandilla de Reed.

Obviamente para gustos están los colores pero, asumiendo que se trata de ciencia ficción y, por tanto, de que siempre va a haber detalles de libre interpretación por parte del director, del guionista y de los propios espectadores, la película falla en la principal idea que pretende exponer; que el lenguaje determina nuestra percepción de las cosas e incluso del tiempo, haciendo posible la videncia de los hechos futuros al estilo del mejor Rappel. Contradicción en sí misma porque si ves un futuro peligroso siempre vas a poder actuar en el presente para evitarlo, por lo que, en realidad, eso que has visto no es del todo real. Pero esta premisa fundamental que plantea la película y que podría ser bastante interesante, sin embargo es desaprovechada totalmente por la ausencia de un mínimo rigor científico. Eso sin olvidar otras cuestiones como explicar mínimamente, o al menos sugerir, cómo nos han detectado los extraterrestres o cómo han podido realizar el tremendo viaje desde su planeta al nuestro u otra tan crucial como revelar la correspondencia entre su lenguaje y el nuestro lo que permite la comunicación; fallo clarísimo del guión puesto que la protagonista sufre “una revelación” que la hace entender el lenguaje extraterrestre pero que no explica cómo ha llegado a ese punto realmente. Asumiendo lo anterior te das cuenta, por ejemplo, de lo desaprovechado que está el personaje “del físico” (interpretado por Jeremy Renner) y que podría ayudar a explicar un poco mejor todo este sinsentido.

Tampoco quiero dejar de comentar el hecho de que los extraterrestres sean una especie de pulpos gigantes que viven en lo que parece un medio acuoso, cosa que si ya hay pocas probabilidades de que surja una civilización como la nuestra (inteligente y bastante avanzada tecnológicamente) las hay mucho menos de que esa civilización surja en un medio líquido como nos explica muy bien Luis Ruiz de Gopegui en su libro Extraterrestres ¿mito o realidad?

Aprovechando que citamos a Gopegui, no está de más volver a leer su novela 82 Erídano en la que trata, precisamente, de la llegada de extraterrestres a la Tierra y en donde se plantea una narración de ficción científica justificando plenamente porqué los alienígenas deciden venir a nuestro planeta, qué necesidad les ha impulsado a realizar un viaje tan largo y tan costoso en términos energéticos, qué sistema de comunicación con los miembros de su propia especie utilizan, que lógicamente es muy diferente al nuestro, cómo se consigue un aceptable intercambio de información entre ellos y nosotros, cómo nos descubrieron y por qué antes de venir ya sabían que éramos una civilización tecnológicamente bastante avanzada. Si alguien conoce personalmente al director de la película, Denis Villeneuve, por favor, que le hable de esta novela, aunque ya sea demasiado tarde.

Y es que Denis Villeneuve, después de esta segunda decepción (la primera fue con Sicario), está convirtiéndose en un bluf, como Rappel u Octavio Acebes, ya saben, los famosos “videntes del futuro”…

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El día que jugamos al golf en la Luna

15 noviembre 2016

Lo que voy a relatar a continuación constituye, al menos para mí, la mejor anécdota de todas las que ocurrieron durante las misiones lunares del Programa Apolo. Sería algo así como la anécdota definitiva.

A finales de enero de 1971, se lanzaba al espacio el Apolo 14. Aquella misión volvió a captar la atención del público mundial después del accidente del Apolo 13. El comandante del 14 era nada más y nada menos que Alan Shepard. Shepard fue el primer astronauta norteamericano y el segundo en la Historia, ya que voló después que el soviético Yuri Gagarin. Pero, posteriormente a su vuelo con el proyecto Mercury, se le detectó un problema en el oído que le impidió volver al espacio con el proyecto Géminis. Tras pasar por el quirófano, volvió a estar operativo para vuelos espaciales con el Programa Apolo.

Alan Shepard vistiéndose para ir a la Luna

Alan Shepard vistiéndose para ir a la Luna

Alan Shepard provenía de la Marina de los EE.UU. Tenía una forma de ser acorde al estereotipo que tenemos de los militares; serio, duro, directo, exigente e incluso antipático. Pocas bromas con él.

Pero Shepard tenía una pasión. Esa pasión era jugar al golf. Actividad que practicaba siempre que podía. Tenía un hándicap de 8, según otras fuentes consultadas dicen que era de 15, pero en cualquier caso quiere decir, para los que no estéis familiarizados con el golf, que era un jugador muy bueno.

Pues bien, justo antes de finalizar la segunda y última EVA (actividad extravehicular sobre la superficie lunar), Alan Shepard construyó un palo de golf con uno de los mangos de una de las herramientas que llevaban los astronautas para recoger rocas y piedras lunares y le acopló una cabeza de un hierro 6 marca Wilson Staff. Todo esto lo había preparado en Tierra en el más estricto secreto, dado que, por la limitación de peso que imponía NASA, no se podían llevar cosas innecesarias dentro del módulo lunar.  Así que, ¿cómo logró Shepard ocultar la cabeza del palo y las pelotas de golf? La cabeza del palo pudo esconderla en el envase de uno de los experimentos que iban a dejar en la Luna y las pelotas de golf dentro de un calcetín.

Alan Shepard y el palo utilizado para jugar al golf en la Luna

Alan Shepard y el palo utilizado para jugar al golf en la Luna

Shepard se colocó delante de la cámara de televisión que habían instalado en la superficie lunar y avisó a Houston. Les dijo que, como podían reconocer, en una de sus manos llevaba un auténtico hierro 6 y en la mano izquierda una pequeña bolita [de golf] blanca, muy familiar para millones de norteamericanos y que dejaría caer al suelo lunar. Posteriormente, continuó diciendo, que dado que el traje estaba tan rígido no podría golpear la pelota agarrando el palo con las dos manos (como lo haría cualquier golfista), así que intentaría golpearla como si estuviera en un bunker de arena de un campo de golf.

El primer golpe no fue muy bueno, se calcula que sólo recorrió 40 metros, y su compañero Mitchell comentó que había golpeado más arena que bola, cosa que reconoció Shepard a continuación.  Fred Haise, que hacía de CAPCOM en ese momento, dijo que le parecía que Shepard había hecho un slice (un golpe de golf en el que la bola va con efecto hacia la derecha).

Alan Shepard, previsor de que esto le podía pasar, sacó la segunda bola y lo intentó de nuevo, esta vez mucho mejor, por lo que afirmó exuberantemente aquello de: Millas y millas y millas. Sugiriendo que la bola, bajo los efectos de la baja gravedad lunar, volaba y volaba y volaba muchos metros antes de caer de nuevo a la superficie de nuestro satélite. Posteriormente, se estimó que la segunda bola había recorrido una distancia de entre 180 y 370 metros.

Captura de la imagen de tv del momento en el que Alan Shepard juega al golf en la Luna

Captura de la imagen de tv del momento en el que Alan Shepard juega al golf en la Luna

Cuando regresó a la Luna, Shepard donó el palo de golf al Museo de la Asociación Norteamericana de Golf, en Nueva Jersey, a una hora de Nueva York y allí sigue expuesto a pesar de que el Smithsonian reclamó la propiedad dado que al haber volado en una nave federal era, por tanto, propiedad federal. Aquello no tuvo éxito y el Smithsonian tuvo que conformarse con mostrar una réplica del palo.

La acción de Alan Shepard también le valió otra reprimenda desde St. Andrews, la cuna del golf situada en Escocia y la institución que redacta las reglas de este deporte. El motivo es que hay una regla de etiqueta que dice que después de golpear una bola desde dentro del bunker hay que rastrillar y alisar las marcas dejadas en la arena, cosa que el genial astronauta no hizo en aquel momento.

Alan Shepard con el palo utilizado para jugar al golf en la Luna

Alan Shepard con el palo utilizado para jugar al golf en la Luna

En cualquier caso, la acción del comandante del Apolo 14 le valió ser merecedor de la Medalla al mérito en Golf por un hecho que causó sensación entre todos los aficionados a este deporte.

El hecho de ir a la Luna ya es, de por sí, suficientemente poderoso, intenso y sublime para definir al Homo Sapiens como especie singular y transcendental. Pero que un individuo que vaya a vivir esa experiencia en primera persona se plantee, además, de forma premeditada, realizar allí una actividad tan banal, a priori, como es jugar al golf, implica una genialidad que sólo a un Ser humano podría ocurrírsele. Este gesto, quizás, nos defina más como especie que cualquier otro hecho realizado sobre la Luna. De ahí que haya querido titular este artículo en primera persona del plural.

A continuación os dejo el video donde Shepard dona el palo de golf al Museo de la USGA y explica cómo preparó todo.

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Qué hacer si no tienes (o no quieres ponerte) el casco en una nave espacial durante la reentrada a la atmósfera

3 noviembre 2016
Tripulación del Apolo 7. En el centro Walter Schirra.

Tripulación del Apolo 7. En el centro Walter Schirra.

Ya hemos hablado en este blog de los hechos que desencadenaron la “primera guerra espacial” durante la misión del Apolo 7, en octubre de 1968. Denominada así por Deke Slayton, jefe de los astronautas del Programa Apolocomo consecuencia del mal rollo que hubo durante toda la misión entre la tripulación (Walter Schirra, Donn Eisele y Walter Cunningham) y el centro de control de Houston.

El comandante de aquella misión, el veterano Walter Schirra, empezó la misma bastante cabreado, ya que NASA le había prometido detener el lanzamiento en caso de que el viento, en Cabo Cañaveral, superara los 33 km/h, cosa que no hizo puesto que, un minuto antes del despegue, el viento era de 37 km/h.

Despegue del Apolo 7. Octubre 1968.

Despegue del Apolo 7. Octubre 1968.

Si eso no era suficiente, durante el primer día en el espacio, Schirra desarrolló un constipado que le pegó a sus otros dos compañeros de vuelo. Este constipado era conocido cuatro días antes del lanzamiento, puesto que el comandante se lo comunicó al médico de la misión. Si el procedimiento correcto hubiera seguido, el despegue se hubiera tenido que retrasar, pero justo un día antes del lanzamiento previsto, el médico le dio el alta al astronauta.

Un resfriado en el espacio es mucho peor que en tierra firme. La razón es que la mucosidad, en ingravidez, no sale por la nariz sino que se queda dentro de la cabeza. Si te suenas para intentar arreglar el problema, la consecuencia es un intenso dolor de cabeza.

Y llegó el momento de la reentrada a la atmósfera terrestre, una vez terminada la misión en el espacio. En un momento dado, Houston pidió a los astronautas que se pusieran el traje y el casco espacial como medida de seguridad, pero dada la situación en la que estaban los astronautas con el resfriado y que el casco no tenía un dispositivo Valsalva como ya contamos en este blog hace unos meses, los astronautas decidieron no ponerse nada para, en caso necesario, poder destaponarse los oídos manualmente.

Fotografia AS7-796-s68-49869. Nótese las protecciones en la zona de la cabeza.

Fotografia AS7-796-s68-49869. Nótese las protecciones en la zona de la cabeza.

Sin embargo, y aquí viene el motivo para escribir este artículo, los astronautas improvisaron un sistema para mantener la cabeza sujeta lo más posible y evitar golpes peligrosos durante el traqueteo de la reentrada. Como se puede observar en la fotografía AS7-796-S68-49869 de aquella misión, los astronautas ataron a sus asientos, con cinta americana por supuesto, unos paquetes de comida – que no habían utilizado-, con el fin de acolchar los reposacabezas un poco más y así tener una protección extra.

Al final, parece que los españoles no somos los únicos que improvisamos de vez en cuando.

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